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La peligrosa frivolización de la historia

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La peligrosa frivolización de la historia

La producción de una ficción histórica creando expectativas previas, como la realizada por el señor Jordi Évole, deja en evidencia la genialidad de Orson Wells.

A las 21 horas del 30 de octubre de 1938, los oyentes escucharon: “La Columbia Broadcasting System y sus estaciones filiales presentan a Orson Welles y su Teatro Mercury del Aire, en… La guerra de los Mundos, del I.G. Wells”. Luego, se oyó la impresionante voz de Orson Welles: «Ahora sabemos que, desde comienzos del siglo XX, nuestro planeta está siendo observado muy de cerca por inteligencias más desarrolladas que la humana».

Fue interrumpido por un locutor que, aparentemente, leía un boletín meteorológico de rutina: «El tiempo para esta noche: para las próximas 24 horas se prevén pocos cambios de temperatura. Se informa de una ligera alteración atmosférica de origen indeterminado sobre Nueva Escocia, que ha causado el desplazamiento bastante rápido de una baja presión sobre los estados del Nordeste, con posibilidad de lluvias, acompañadas por vientos de escasa intensidad. Temperatura máxima, 190. mínima, 90. Este parte meteorológico es ofrecido a ustedes por el servicio meteorológico oficial. Ahora nos trasladamos a la sala Meridian del Park Place Hotel, en el centro de Nueva York, desde donde podrán oír la música de Ramón Cotarello y su orquesta”.

Haciendo historia, la famosa emisión radial de La Guerra de los Mundos, con consecuencias desproporcionadas en la vida de los radioyentes de la época, supo definir con anterioridad que se trataba de una ficción. No engaño. Fue honesto. Un genio.

El ejercicio de Jordi Evole, que no deja de ser un fraude objetivo a la credibilidad de las audiencias, si bien ingenioso, ello no lo exime de una transgresión que puede interpretarse como innecesaria para los tiempos que corren.

La complicidad de notables, y notorias, figuras de la política y del periodismo español, no deja de llamar la atención. Podría entenderse como una banalización de un episodio que pudo resultar sangriento para ciudadanos en instituciones. Del que aún no se conocen los verdaderos cerebros. Tal vez esa haya sido la razón de la atención prestada a la emisión de este programa.

Ciertas cuestiones que se siguen soportando aún hoy en la vida de muchos pueblos, tiene que ver con la fidelidad de los acontecimientos transcurridos. Otra cosa es la interpretación que de ellos han hecho vencedores y vencidos.

En tiempos en los que la veracidad de dossieres y denuncias son cotidianos, ¿qué propósito tuvo que se emitiese este programa? Ingenuidad en su producción. No lo creo.

En momentos en los que la monarquía está bajo mínimos, ¿qué supone que se produjese una manipulación de tal calibre?

Cuando políticos y periodistas ponen de manifiesto una credibilidad escasa, ¿en qué medida se repara su fiabilidad?

¿Con un producto como este se pretende ridiculizar la confianza de las audiencias?

La delgada separación entre ficción y realidad se pone de manifiesto cada día cuando nuestra gente acude a trabajar o a buscar en que hacerlo. Cuando llega la hora de la comida para un número cada vez mayor de niños o cuando alguien muere al no recibir la atención médica adecuada.

El señor Évole debería frivolizar menos y reparar la decepción con una disculpa pública.

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