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Ha llegado la hora de la democracia ascendente

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Ha llegado la hora de la democracia ascendente

El común de los ciudadanos se pregunta cómo liberarse de la cautividad a la que los someten las reglas del juego de la Transición: el bipartidismo que ahoga la iniciativa ciudadana.

Útil durante las primeras décadas, este sistema se ha mostrado incompetente, cuando no con síntomas de corrupción, para resolver con éxito las necesidades de los ciudadanos. Porque de eso trata su razón de ser. Sin embargo, para desgracia de muchos y beneficio de pocos, solo es efectivo para sostener estructuras y camarillas que se protegen a sí mismas, cuando no responden a los intereses de los grupos económicos.

Los ciudadanos, en general, tienden a sentirse anónimos, irrelevantes, desarticulados. En suma, con escasa influencia. Error.

Hace unos meses escribía en esta misma columna que: “la Política es una institución que, como tal, debe representar una pauta de comportamiento que sea funcional a los intereses del conjunto. Que no necesariamente signifique la expresión más abyecta de la condición humana. Que pueda recuperar su significado más digno. Ha llegado el momento de la Política Disruptiva.”

Tal vez sea porque la política que se ejerce actualmente se ha convertido en algo particularmente insatisfactorio para los ciudadanos. Aquí, debería recuperarse que sólo existe una política: la real, la que afecta a las personas, la que se concibe para resolver las dificultades de toda la comunidad, no solamente en beneficio de unos pocos.

En España se están produciendo situaciones que por su novedad parecen no inmutar a sus protagonistas. Tímidamente, pero de manera dinámica se están llevando a cabo acciones políticas que, aunque culminen fallidas para esta cita europea, dejarán huella en estos nuevos escenarios para las elecciones municipales.

Por un lado, los partidos de la Transición, básicamente PP, PSOE, IU y los representantes nacionalistas, siguen con su visión centrífuga de la democracia. Siguen eligiendo candidatos con unos procedimientos que dejan al desnudo sus vicios.

Los grupos de consumidores, y los votantes son poderosos si se reconocen como protagonistas de su destino. Es frecuente observar cómo resultan sorprendidos cuando logran torcer la voluntad de los centros de poder. Pero es así. Por ello los partidos políticos procuran difuminar su capacidad de constituir una voluntad conjunta.

De tal manera, alientan una dirección de la democracia de carácter descendente, paternalista. Que solo requiere a los ciudadanos para disponer de la coartada del voto.

Luego, con esa presunta legitimidad, articulan políticas que pueden ser, al menos, cuestionables. Adoptan decisiones inconsultas. Se atribuyen potestades claramente antidemocráticas cuando designan a personas fuera del sistema de voto de sus afiliados, centrando la legitimidad en la camarilla reunida en los comités de dirección partidaria.

No es casual entonces que los ciudadanos deban comulgar, permítaseme la metáfora desde mi agnosticismo, con decisiones que nada tienen que ver con los valores a los que suponen lealmente responder.

Así los personajes que se han perpetuado en la escena política e institucional de este país llamado España siguen pretendiendo perpetuarse, cuando ha quedado claro que no responden a las necesidades ciudadanas. Y siguen designándose los unos a los otros para cargos cada vez más escasamente representativos. El ejemplo de la designación de los candidatos al Parlamento Europeo.

Y así llego la llamada “crisis”. Termino polisémico e imperfecto con pretensiones de resumir a varios fenómenos que se han alineado en una conjunción compleja… pero no irresoluble.

Entonces, a medida que los ciudadanos se veían soportando los costes propios y ajenos de la gestión durante los años “felices”. Observaban atónitos como la oposición y los sindicatos se plegaban a la aceptación o complicidad. Unos y otros salpicados por casos de corrupción. En tanto, estupefactos, descubren que la Justicia y sus órganos se están diseñando no para mantener su rol de custodio del equilibrio democrático de la separación de poderes. Sólo se conciben para consolidar un estado de cosas cada vez más cuestionable.

Su reestructuración responde a la clara intención de blindar a los posibles responsables del descalabro que, por incompetencia o corrupción, colocaron al sistema socioeconómico español en los últimos años.

Todo esto ha producido una recuperación de la conciencia asamblearia en el seno de las comunidades de vecinos, o víctimas del abuso de los poderes, afectados por las preferentes inclusive. Entonces Gamonal le grito a toda España que es posible. O el ejemplo de la PAH, liderada por Ada Colau, con quien tengo discrepancias pero coincido en su activismo y honestidad. Es la clara demostración de que se puede.

Las marchas por la dignidad se demostraron capaces de asustar a todo el aparato del statu quo político, sindical y gubernamental. Los medios de comunicación tradicionales se están evidenciando, al menos, cómo cómplices del apagón informativo y la manipulación del mensaje.

Pareciera que la dirección de la voluntad ciudadana está cambiando de dirección. En lugar de ir de arriba a abajo, está retornando a la fuente del poder democrático: las personas. Desde las personas, la democracia fluye y se vigoriza con la realidad.

Así, si bien las plataformas sociales y los nuevos proyectos políticos se muestran receptivos a ese cambio, en estas elecciones europeas solamente adquirirán “aprendizajes”. También en las Autonómicas.

Su momento será el de las municipales. Entonces se demostrarán claves como vehículo de solución a los problemas de los ciudadanos. Estos los reconocerán y entonces la disrupción democrática se producirá.

El PP lo sabe y, por eso, le ha quitado competencias. Lo que parecen no aprender estos personajes, es que las personas tienen una fuerza moral tal, que las organizaciones que se le oponen solo consiguen fortalecerlas.

Ha llegado la hora de la Democracia Ascendente. Participa.

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