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La banalidad de la corrupción

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La banalidad de la corrupción

La filósofa alemana Hannha Arendt analiza en su famoso libro “Eichman en Jerusalem”, de 1961, las causas de la aceptación de los métodos salvajes utilizados por el nazismo en su país. De tal reflexión, llega a la conclusión que los nazis torturadores y exterminadores expresan simplemente la “banalidad del mal”. Ella quiere decir con esto, que esos individuos son seres normales, banales. Ofrecen una falta de consciencia de lo que es el mal y el bien. Tampoco asumieron las consecuencias de sus actos más allá de un juicio expiatorio, Nürenberg. O procesos de desnazificación realizados por buena parte de las estructuras administrativas sobrevivientes de aquél régimen.

¿Alguna similitud con la España post franquista?

Volviendo a Arendt. Según ella, los miembros de una sociedad como aquella no tienen principios ni valores claros a partir de los cuales ajustar su conducta. Ello demuestra su incapacidad de defender valores humanos fundamentales. La decencia, por ejemplo. El resultado puede significar un descenso en las expectativas de desarrollo colectivo en términos de moralidad personal y pública. Las estructuras que adoctrinan en la protección de la corrupción propia, terminan justificándola, convirtiéndose en sus cómplices institucionales, sin ejercicio de la crítica.

A fuerza de demostrarnos que la corrupción no existe, cuando los episodios se suceden desde hace décadas, los actores del proceso de la corrupción y sus allegados sonríen en los medios de comunicación. Se han propuesto que asumamos, como si plagiasen a Hannah Arendt, que la corrupción es como el mal al que aludía ella: una banalidad.

Dicho de otro modo, procuran confundir, sabedores que quien no sabe lo que busca, no comprende lo que encuentra.

Cuando se trata de describir las condiciones del contexto, por ejemplo, se lo resume en un término tan confuso como polisémico: Crisis. Así, todo el mundo habla de ella… sin tener una idea clara de lo que trata definir. En tanto, como justificación increíble, se la menta con el propósito de aplicar las mayores cargas desde el franquismo que, un equipo de un partido bajo sospecha, se ha propuesto aplicar al conjunto de españoles. Y sonríen en las fotos.

Con la corrupción sucede algo similar. Se la menciona. Se la condena. Pero, quienes tratan de hacer pedagogía al respecto se encuentran con la limitación de los responsables del monopolio del poder público. ¿Qué acciones concretas se encaminan en la dirección de corregir la deformación de intentar describir el todo por una parte? Ninguna. Es preferible llamarla “la cosa”. Tal simpleza fue expresada por el jefe del gobierno español, en la última entrevista concedida a la Cadena SER.

La corrupción es una de las más importantes formas de violencia que soporta la sociedad actual a diario.

La corrupción es causal. Son necesarios corruptor y corrompido. Acotar la participación de los “allegados”, por ejemplo. Esposas. Esposos. Madres. Padres. Amantes. Hasta admiradores incautos han quedado prendidos de alguna de sus tramas. Cierto es, tengo que admitir, que la figura de los fiscales aun no me aporta elementos de juicio suficientes. Tampoco tranquilizadores. En algunos episodios muestran una eficiencia envidiable. En otros, la imagen que proyectan, aún cuando no sea su intención, es de una presunta complicidad.

Los corruptores se mencionan poco y se protegen bajo la Ley Orgánica de Protección de Datos. También en indultos fiscales. En cualquier caso, no se aprecia voluntad por parte de este gobierno de perseguirlos.

Son tantas las normas “cortafuegos” que se han levantado con los años, mientras los ciudadanos honestos dormían, que se ha llegado a un punto en el que el estupor domina a los que se han ido despertando.

La cultura del silencio en la que se mueve la elite política, empresarial, jurídica en institucional española debe romperse. Sería de esperar que, en un tema nacional de la envergadura de la corrupción, que abarca a todos los niveles de la utilización de los recursos públicos y de las complicidades tejidas en su derredor, concluya de una vez.

Así como el pasado vuelve, los tesoreros del PP, los allegados de Jordi Puyol, los accidentes del metro de Valencia y del tren de velocidad alta de Santiago, son prueba de ello. Muchos españoles exigimos pronunciamientos claros acerca de los trámites no resueltos en justicia de este pasado cercano. Es una afrenta a la ética y a la consciencia histórica que se sigan dilatando en procura de indultos o prescripciones.

La entrevista de la semana con Mariano Rajoy, en Hoy por Hoy, a cargo de Pepa Bueno, no le entraría en la comprensión a ningún ciudadano decente. Es al menos inaudito, que este señor se exima de responsabilidad alguna por haberle pagado el sueldo a un delincuente, tal como lo califican en su partido, hasta un par de meses antes de ser encerrado por el juez Ruz. Y no pasa nada. Se banaliza.

El Ministerio Fiscal ocupado en comprender las motivaciones de la Infanta, el procurar eximir a la esposa de un presidente de CCAA, o el tratar de meter en la cárcel a los afectados por las preferentes o miembros de sindicatos que manifestaron indignación, pareciera no comprender que está justificando y promoviendo la violencia como reacción.

De presentar una acción judicial acusando a Rajoy de mentir, o, al menos, requiriendo que explique más allá de la pintoresca confesión de que “…me equivoqué…”, nada de nada. Se banaliza.

El bipartidismo fue un modelo necesario para afrontar el fin del franquismo. Pero, será mejor que toque a su fin, al menos con estos actores.

Según Chateaubriand, refiriéndose a esos ciclos, y para el tiempo que le tocó vivir, decía:

“La Revolución francesa no procede de tal hombre, de tal o cual libro, procede de las cosas. (…) procede sobre todo del progreso de la sociedad al mismo tiempo hacia las Luces y hacia la corrupción; por eso pueden verse en la Revolución francesa tantos principios excelentes y tantas consecuencias funestas. Los primeros derivan de una teoría ilustrada, las segundas de la corrupción de las costumbres. Este es el auténtico motivo de esa incomprensible mezcolanza de crímenes injertados en un tronco filosófico.”

Se puede ser parte del problema o parte de la solución. El bipartidismo fue parte de la solución durante un tiempo. Ahora es parte del problema. Lo es, porque un problema es causal. Es una desviación indeseable entre lo que ocurrió y lo que debió ocurrir. La corrupción no es la causa, es el efecto.

En relación a esto, en España han ocurrido, y ocurren muchas cosas… que se ajustan a esa definición, ¿no creen?

(La imagen es una foto de La Moncloa aquí reproducida según su aviso legal).

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