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Los secretos de Marta Gayá, la mujer a la que más ha querido el rey Juan Carlos

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Los secretos de Marta Gayá, la mujer a la que más ha querido el rey Juan Carlos

Su insólita conexión con los casos Nóos y Pujol, su huida a Austria, las nuevas obras en su ático de Palma de Mallorca… desvelamos en nuestro número de junio el misterio de la “dama del rumor”.

Julio de 2016. El magnate inmobiliario alemán Christian Völkers abre las puertas de su mansión mallorquina en Port d’es Canonge para un torneo privado de polo. El dress code exige ir de riguroso blanco. Entre los invitados hay nobles germanos —la duquesa Anna de Baviera, el príncipe Carl-Eugen de Oettingen-Wallerstein, el conde Hieronymus de Wolff Metternich zur Gracht— y personajes de la jet set española —las socialites Cristina Macaya y Marieta Salas, la empresaria Cecilia Sandberg, el inversor Cristóbal Méndez de Vigo—. En este idílico escenario con vistas a unos viñedos y al Mediterráneo, Simoneta Gómez-Acebo, hija de la infanta Pilar, charla animadamente con una dama histórica del circuito social balear a la que llaman La Negra: mallorquina de 68 años, esbelta, cabellera y ojos oscuros, bronceado eterno.

El encuentro entre estas dos señoras se repite cada verano, pero no deja de suscitar comentarios sottovoce. La enigmática mujer con la que la prima de Felipe VI intercambia confidencias y risas no es otra que Marta Gayá(Palma de Mallorca, 1948), a quien las revistas Point de Vue y Oggi señalaron en 1992 como “la compañera sentimental del rey Juan Carlos”. “La familia del rey la aprecia porque nunca ha hecho ostentación de su amistad con el monarca y ha tenido cuidado de no incordiar a doña Sofía”, explica un testigo privilegiado de esas fiestas en casa de Völkers. Por eso, cuando la prensa destapó el affaire, ella dejó ser la misma. “Empezó a viajar más y casi no pasa tiempo en Mallorca. Solo viene a Palma para las Pascuas, la Navidad y el verano”, apunta esta fuente.

En invierno, Gayá viaja a Suiza, donde disfruta de largas temporadas entre Ginebra, Saanen y Gstaad.En la famosa estación de esquí frecuenta la casa de su amiga Clotilde Martínez-Bordiú, sobrina del marqués de Villaverde, el yernísimo de Franco. En Madrid, alterna con otras señoras de la vieja guardia vinculadas al régimen: Vicky Flores Estrada, exmujer de Fulgencio Batista, hijo del dictador cubano, y su hermana, Peque, quien estuvo casada con Ramfis Trujillo, vástago del tirano dominicano que inspiró La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa.

En ese círculo aseguran que Marta nunca ha hablado sobre la naturaleza de su relación con el ex jefe de Estado. “En su día hubo quien se lo insinuó y ella cortó la amistad. No quiere tocar ese tema, para ella es como si no existiera”, comentan. Pese a los esfuerzos por preservar su intimidad, el pasado 15 de marzo su nombre volvió a las portadas. El digital OKDiario aireó unas antiguas escuchas supuestamente realizadas por el Cesid —el servicio secreto anterior al CNI—, en las que el rey emérito confiesa su afecto por la mallorquina. “Nunca he sido tan feliz”, se le escucha decir con esa voz inconfundible que resulta tan familiar.

La prueba del espionaje no ha inquietado al CNI. “Es un tema muy antiguo y ahora nos enfrentamos a otros retos. Antes no existían leyes que regularan esas escuchas… Ya ni siquiera somos el Cesid, nos llamamos de forma diferente”, aclara un miembro del servicio de inteligencia. La filtración tampoco ha sorprendido a los cronistas de la Casa Real. “No hay nada nuevo, solo unas grabaciones que confirman lo que ya sabíamos”, admite una histórica corresponsal de la Zarzuela que vivió en primera persona una amistad que hizo tambalear la Corona. “Todos conocíamos esa historia, pero respetábamos la intimidad de ambos porque no hacían exhibicionismo, nunca aparecían juntos en actos públicos”, añade esta periodista, que exige permanecer en el anonimato.

El círculo íntimo mallorquín de Gayá también pide cautela. Cristina Macaya, Cecilia Sandberg, el galerista Joan Guaita y el relaciones públicas Pepe Oliver declinan participar en este reportaje. Uno de ellos nos advierte: “La gente que habla no sabe. Los que saben no hablan”. Otra va más allá: “Tened cuidado, porque se os puede volver en contra”. Una tercera se queja: “Comentar esto, a estas alturas, me parece sangriento. El rey ha cumplido su papel, hay que dejarle tranquilo. No quiero ni abrir la boca, y eso que soy amiga de Marta desde hace 40 años. Es todo un merengue, la están metiendo en el mismo saco que a Bárbara Rey, y eso no es justo”. Gayá solo coincidió una vez con la vedette, en una cena organizada por Fiona Ferrer en el tablao Il Circo de Madrid en 2011.

Manuel Bouza, confidente del monarca desde sus tiempos en la Academia General Militar de Zaragoza, es el único miembro del entorno real que ha hablado con luz y taquígrafos. “Se veían en Palma, pero también en Madrid. Al parecer, ella realizaba alguna gestión particular para su majestad”, desvela Bouza en El rey y yo, unas memorias que publicó en 2007 y que, aunque pasaron inadvertidas, sentaron mal en la Zarzuela. “Lo que tenía que contar está en el libro. No tengo más que añadir”, nos dice por teléfono antes de cortar.

LOS BUTIFARRAS

En las décadas de los setenta y ochenta, las noches de verano de don Juan Carlos solían acabar en el Club de Mar palmesano. Allí conoció a Marta, la hija de Fernando Gayá, un prohombre de la isla: consejero delegado de la empresa de cementos y hormigón Prebetong Baleares S.A., propietario del hotel Villamil y presidente de la Asociación de Vecinos de la localidad mallorquina de Peguera. Marta estudió en el elitista Colegio del Sagrado Corazón de Mallorca. Ese fue su primer contacto con los llamados Butifarras, el núcleo duro de la clase alta balear. Y continuó cultivando esas amistades en Barcelona, donde hizo un curso de Decoración. “Pero nunca trabajó como tal. Solo asesoró en un par de casas y en un par de despachos de amigos”, aclaran en su entorno.

Cuando era una veinteañera, se casó con Juan Mena, un ingeniero malagueño que trabajaba para su padre. El matrimonio duró cuatro años y, en contra de lo que se ha publicado, no tuvo hijos. De nuevo soltera, Marta comenzó a frecuentar los sitios de moda de Mallorca. De día acudía al Sporting Club, un club de tenis a pocos metros de Puerto Portals, y de noche, a la boite del Club de Mar, donde trabajó durante un año como relaciones públicas a las órdenes de Pepe Oliver. Así entró en la corte del rey: el príncipe georgiano Zourab Tchokotua y su mujer, Marieta Salas, el por entonces playboy Juan Marqués, el arquitecto Luis García-Ruiz y el empresario Rudy Bay y su mujer, Marta Girod. Una noche a comienzos de los ochenta, Tchokotua le comentó a Oliver que tenía un amigo que quería conocer a Gayá. Esa persona era su majestad, con quien el noble georgiano había compartido pupitre en el internado de los Marianistas de Friburgo (Suiza).

El rumor sobre la relación entre el monarca y la mallorquina no cobró fuerza hasta 1990. Ese verano, los reyes presidieron una cena en el Club de Mar en honor a Karim Aga Khan y Alberto de Mónaco con motivo del Rally del Mediterráneo para maxiyates. Tchokotua, su mujer, el escritor José Luis de Vilallonga (que entonces trabajaba en una biografía autorizada del jefe de Estado) y Gayá llegaron a los postres. Según las crónicas de la época, “cayó el hielo en la sala”.

En vez de mostrarse contrariado, don Juan Carlos se levantó de su mesa para saludar efusivamente al grupo. El gesto no pasó inadvertido para nadie, tampoco para los servicios secretos. En octubre de 1990, el Cesid grabó al rey confesando que, pese a los rumores, era feliz. El runrún llegó a oídos de la reina. “A doña Sofía le turbaba cualquier noticia o insinuación de esos temas de relación amistosa de su marido con mujeres”, recuerda en su libro Bouza, quien desvela que había “broncas” en la pareja real por los “deslices” del monarca y porque la reina estaba “demasiado volcada en don Felipe”.

Entonces entraba en escena Sabino Fernández Campo, jefe de la Casa del Rey, quien, según Bouza, hacía de “bombero y médico de la pareja real”. No obstante, el emérito nunca pensó en divorciarse. De hecho, en una conversación con su amigo de la Academia, habría manifestado su malestar por la anulación del matrimonio de su primo Alfonso de Borbón con Carmen Martínez-Bordiú, porque “podía hacer peligrar el prestigio de la familia real”.

Manuel Prado y Colón de Carvajal, administrador privado del monarca durante más de 20 años, era otro de los bomberos. “La reina solía preguntarle por las amistades femeninas del rey, creyéndole la señora, en su gran bondad, fiel amigo del matrimonio. Lo cierto es que Prado transmitía a don Juan Carlos cuanto le confiaba doña Sofía”, recuerda Bouza. Por su parte, el príncipe Tchokotua cedía Villa Altea, su mansión en la urbanización Son Vida, para que don Juan Carlos y Gayá pudieran verse. Era el sitio perfecto: blindado y con vecinos discretos como el magnate y traficante de armas saudí Adnan Khashoggi, el espía Ashraf Marwan, yerno del rais egipcio Gamal Abdel Nasser, o el primer ministro libanés Rafic Hariri.

Los secuaces del rey inquietaban al personal de la Zarzuela. “Había una fuerte preocupación por su vida privada y su círculo mallorquín: los Vilallonga, los Tchokotua… Un grupo de personas con mucho dinero, disfrutones e influyentes. Los llamaban La Corte Navegante, porque siempre estaban a bordo de yates, o Las Amistades Peligrosas, ya que atraían a don Juan Carlos hacia un estilo de vida frívolo que en palacio no gustaba”, relata Carmen Enríquez, corresponsal de Televisión Española en Casa Real en aquella época. “Como el rey era asequible, extrovertido y simpático, no ponía demasiados parapetos a sus amistades. Y sus asesores temían que se aprovecharan de él”.

Tchokotua, a quien todos llaman Zu, era el tipo de personaje que Fernández Campo aborrecía. A finales de la década de los setenta, el príncipe georgiano terminó sentándose en el banquillo por una estafa inmobiliaria en unas viviendas de protección oficial en Mallorca. Fue absuelto por la Audiencia Provincial de Palma en 1992, pero ahora Zu está siendo investigado en el marco del Caso Pujol por un supuesto cobro de comisiones para una obra ferroviaria en Marruecos.

INVERSIONES EN LADRILLO

Durante sus años de relación con el monarca, Gayá también incursionó en el neogocio inmobiliario. En marzo de 1987, ya figuraba como administradora de Calvinest S.A., dedicada a la promoción, construcción y compraventa de propiedades. Llegó a tener un capital suscrito de 115.500.000 de pesetas (casi 700.000 euros). En 1990, formó parte de otra empresa, Avenidas 23 S.A., también dedicada a ese sector, con un capital de 57.500.000 de pesetas (345.000 euros). En 2003, dejó de administrar esas sociedades. La fecha coincide con el acercamiento del rey a la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein.

Marta jamás entró en el palacio de Marivent, ni puso un pie en el yate Fortuna, pero siempre estuvo a tiro de piedra de la residencia estival de la familia real. En el verano de 1988, compró un ático de 300 metros cuadrados frente a la ensenada de Can Barbará, a seis minutos en coche de Marivent. Según la prensa de esa época, su amigo Luis García-Ruiz, uno de los mejores arquitectos de la isla, participó en el diseño del piso. Veinticinco años después, García-Ruiz ha sido condenado a seis meses de cárcel por defraudar a Hacienda 169.000 euros por la polémica obra del velódromo Palma Arena y está imputado en otras piezas del caso. No ha querido hacer comentarios a Vanity Fair.

Otras supuestas irregularidades urbanísticas han salpicado a Marta. Su hermano, Fernando Gayá, es director de Fomentera Mar S.A., una sociedad que gestiona amarres y complejos de alojamientos en el puerto deportivo y pesquero de Formentera. El verano pasado, el Consell de la isla precintó 16 apartamentos de la empresa porque no contaban con unos permisos para dar alojamiento y servicios turísticos a los clientes del puerto. Su otra hermana, María Victoria, Chiqui, se ha mantenido al margen y está casada con Mariano Rosselló, un conocido urólogo de Palma.

CRISIS EN PALACIO

Domingo, 3 de mayo de 1992. Marta se prepara para salir a comer con sus amigos Rudy Bay y Marta Girod. El plan es ir juntos en coche al restaurante Can Tià, en un antiguo monasterio del pueblo mallorquín de Santa María. En el último minuto, decide no ir. Pocas horas después, recibe una llamada. “Rudy y Marta se han matado en un accidente de tráfico”, oye al otro lado del teléfono. El suceso la sumió en un estado de gran ansiedad. Ingresó voluntariamente en una clínica de reposo suiza.

Entre mayo y junio de ese año, don Juan Carlos viajó varias veces a Suiza, “sin razones políticas ni motivos de salud”. La Zarzuela dio varias explicaciones: “Vacaciones no notificadas oficialmente”, “Descansos de montaña”. Las excusas se agotaron el 18 de junio, cuando Felipe González, presidente del Gobierno, hizo público que no podía nombrar a un nuevo ministro de Exteriores porque no encontraba al monarca. Obligado por la crisis institucional, el jefe de Estado volvió a Madrid para despachar con González, pero esa misma noche regresó a Suiza y se ausentó de la fiesta de cumpleaños de su padre, don Juan, conde de Barcelona.

Ese verano, El Mundo publicó dos portadas en las que se especulaba con los viajes de su majestad al extranjero. Para dejarlo más claro, los humoristas Ricardo y Nacho sacaron la caricatura de la reina Sofía esperando con un rodillo en la puerta, como una ama de casa que aguarda para aporrear al marido cuando vuelve de una juerga. El 19 de agosto, Carlos Fresneda, corresponsal en Italia, se hizo eco de los reportajes de las revistas Point de Vue y Oggi que atribuían al rey “una duradera relación sentimental” con Gayá. Entonces llegó “La dama del rumor”, la mítica portada de Época. “No recibimos presión para no publicarla. El tema era vox pópuli”, recuerda hoy Juan Luis Galiacho, el periodista que firmó la exclusiva. “Pero con el número en los quioscos nos llamó Sabino [Fernández Campo] pidiéndonos que dejáramos el tema. No por el rey, sino por doña Sofía, que estaba sufriendo”, explica.

El diplomático José Joaquín Puig de la Bellacasa dejó la Embajada de España en Londres en 1990 para convertirse en secretario general de la Casa del Rey. Solo duró un año en el cargo. “Cuando vio las andanzas del monarca, le dijo que no podía hacer ciertas cosas, que la familia real debía comportarse con ejemplaridad. Al rey no le gustó nada oír eso y lo cesó”, revela un testigo directo de la convulsa salida del diplomático de la Zarzuela. “José Joaquín nunca ha hablado de ese capítulo de su carrera. Es un hombre con una discreción férrea, impenetrable”, añade un familiar.

“El cese lo exigió directamente Marta”, apunta el periodista José García Abad, cofundador de Diario 16 y autor de La soledad del rey. “Llegó un momento en el que ella quiso hacer notar su ascendencia sobre el rey y la seriedad de su relación. Puig de la Bellacasa le pidió a don Juan Carlos discreción, le aconsejó que no concediera entrevistas a José Luis de Vilallonga (amigo de Gayá). Le advirtió que un monarca no escribía sus memorias, que habría gente que se sentiría menospreciada… Hizo caso omiso de todo eso y le despidió”.

El siguiente en la lista fue Fernández Campo, un segundo padre para su majestad y un aliado incondicional de doña Sofía (ella le llamaba por las noches preguntándole dónde estaba su marido). Su despido se hizo efectivo en otoño de 1992 durante una comida en Horcher, uno de los restaurantes más conocidos de Madrid. “Sofía, ¿sabes que Sabino nos deja?”, disparó el rey súbitamente.

AMIGOS PARA SIEMPRE

Las escuchas filtradas por OKDiario han puesto en alerta a “La dama del rumor”. “Siempre que se publica algo sobre ella se pone de muy mal humor. Teme que la prensa dé al traste con su estilo de vida”, dice uno de sus amigos. Este verano lo pasará en Mallorca. Está levantando un muro en la terraza de su ático para protegerse de las miradas indiscretas. Y los empleados del puerto del Club de Mar, frente a su casa, ya están poniendo a punto su yate. En la popa se lee “ex-ex”, aunque el nombre completo es la pronunciación de XXL.

En Semana Santa, Marta, aficionada al arte y a la música clásica, huyó al Festival de Pascua de Salzburgo con el galerista Joan Guaita. Allí coincidió con Vargas Llosa e Isabel Preysler. Su círculo asegura que el vínculo con el emérito se mantiene. Suele desaparecer de las veladas a medianoche. “A esa hora la llama el Alto Rubio”, dicen. Sus períodos de mayor exposición mediática (entre 2003 y 2016) habrían coincidido con un impasse en la relación, y viceversa. A muchos no les ha pasado inadvertido que hace un año rehuyera las fotos en el estío balear.

—¿Retomaron su majestad y Marta su amistad en el verano de 2016?, preguntamos a unas de las socialites que la tratan.
—En realidad, la relación nunca acabó. Pero lo que queda ahora, a estas edades, es amistad. Complicidad.

F/vanityfair
 
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