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El amargo retrato de Os Lanchós, la familia del hombre que mató a Diana Quer

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El amargo retrato de Os Lanchós, la familia del hombre que mató a Diana Quer

Los vecinos de Asados tratan de recobrar la normalidad en una aldea sacudida por la tragedia desde la aparición del cadáver de la madrileña

A media mañana, bajo una lluvia fina y obstinada, el silencio atruena en Asados (Rianxo), el lugar donde la última madrugada de 2017 se encontró el cadáver de Diana Quer. El reguero de agua que desciende por la cuneta y los ladridos ocasionales de algún perro son los únicos sonidos que alteran un mutismo que parece impregnar el carácter de los vecinos, que caminan como sin tocar el suelo. Ha pasado una semana desde que, de repente y en plena noche, como en las películas, una comitiva de guardias civiles, bomberos y periodistas irrumpiera en aquel lugar donde nunca pasaba nada y que ahora no deja de aparecer en las pantallas de sus televisiones. Los agentes se han ido, pero quedan los informadores, que velan el viejo almacén donde el Chicle escondía el cuerpo de la joven.

Será cosa del tiempo, una sucesión de días grises desde el famoso 31 de diciembre, o tendrá que ver con las coronas y las rosas que honran a la malograda joven en la puerta de la fábrica, la misma por la que salió su cadáver cubierto por una sábana, pero lo cierto es que en Asados la tristeza flota en el ambiente. La llevan sus habitantes pintada en la cara cuando pasan con la cabeza agachada por delante de los periodistas. Solo unos pocos se animan a entablar conversación con ellos, siempre para poner palabras al asombro de saber que el hombre que mató a Diana comía a diario en una de aquellas casas.

Flores en recuerdo de Diana Quer. (P. L.)
Flores en recuerdo de Diana Quer. (P. L.)

Asados pinta un retrato amargo de esa familia que ahora está bajo la lupa. Les llaman Os Lanchós, y está claro que no caen bien. No a la mayoría. El Chicle es el mediano de tres hermanos, el único varón. El padre es un marinero que se prejubiló hace algunos años, y su mujer una extrabajadora del sector de la conserva. Como en tantas aldeas, dos pensiones son una fortuna en la Galicia pobre, así que Enrique, sin trabajo conocido, recorría casi a diario en su bicicleta los cuatro kilómetros que separan su casa de Outeiro, en Taragoña, de la de sus padres, que le daban de comer. Cientos de días sentado a la mesa a unos 200 metros del cadáver de Diana. Es algo que en esta desordenada aldea, un barullo de casas amontonadas y de muy distinta tipología, nadie acaba de asimilar.

Os Lanchós acabaron asentados en Asados porque de allí era la madre de Quique, como ella le llama, la misma que acaba de descubrir que su hijo se ha convertido “en un monstruo”. El retrato que de ella hacen sus vecinos es el de una señora de carácter apocado pero buena persona. “Una pobre mujer”: trabajadora, sacrificada por su familia, pero sometida a la autoridad de su marido, un hombre que expulsa con aspavientos a los periodistas que se le acercan y les grita que están muy equivocados si creen que Enrique asesinó a Diana: “No tiene cojones para matar un ratón; no mata una gallina”.

El padre de Enrique se asomó por encima de la empalizada, empuñó el hacha que llevaba a la cintura y se la lanzó al perro

Una vecina que insiste en que no se facilite su nombre entra en detalles sobre la familia. Que si robaron una barca, que si hacía esto y lo otro… Y narra una anécdota que pone los pelos de punta, y con la que quiere ilustrar la forma de actuar del patrón de los Lanchós. Fue hace unos años, cuando el padre de Enrique pasaba por delante de su finca. Al otro lado de la valla, el perro de la vecina, sobresaltado, le ladró con fuerza, y el hombre le quiso dar su merecido al animal. Se asomó por encima de la empalizada, empuñó el hacha que llevaba a la cintura y se la lanzó con tanta fuerza al can que le destrozó una de sus patas.

La nave donde se encontró el cuerpo. (P. L.)
La nave donde se encontró el cuerpo. (P. L.)

Del propio Chicle, la misma vecina anónima guarda otro recuerdo, este más inquietante y también más reciente. Probablemente después de la desaparición de Diana, pero cómo saberlo, si hasta ahora nada le vinculaba con el caso. Fue el día que se vio al presunto asesino pasar varias horas en el cementerio. Quieto, en silencio, delante de ninguna tumba en concreto, porque no hay familiares próximos ni seres queridos de Enrique Abuín que reposen en el camposanto de Santa María, en pleno corazón de Asados. “Lo dicho, gente rara”.

No todo el mundo comparte ese desdén hacia los Lanchós. Otro hombre que pasa junto al lavadero, y que se dirige a una casa que estará a no más de 40 metros de la controvertida familia, cree que ahora se exagera mucho, que no es para tanto. Que puede que no sea la gente más hospitalaria del pueblo, pero que así es la forma de ser en una aldea de población envejecida, un sitio en el que la iglesia es el lugar con más animación, prácticamente el único del que entra y sale gente durante toda la mañana. “Es una familia complicada, no digo que no, pero tampoco es justo que ahora se hable tan mal de todos ellos”, susurra el vecino, padre de un hijo que de niño jugaba con el Chicle, de su misma edad, en el cruce que hay un poco más abajo. En voz todavía muy baja, suspira: “Lo peor es lo de la ‘rapaciña’, eso se va a quedar aquí para toda la vida”.

Al bar que está al otro lado de la carretera que parte en dos la aldea no iban mucho los Lanchós. No es que sea una cafetería concurrida, pero es la única de la zona. El camarero no muestra el más mínimo interés en hablar del Chicle, pero hay un cliente que se anima. “Yo lo veía casi todos los días con la bicicleta para arriba y para abajo. Venía a comer. Él solo, porque su mujer por aquí no andaba”, relata. En la tele, al fondo, están dando en directo conexiones con el juzgado de Ribeira, con la cárcel Teixeira y con el propio Asados, pero ni el barman ni el cliente vuelven la cabeza para ver de qué se habla. Están cansados de tanto Chicle y de tanta información.

A cuatro kilómetros de allí, en Outeiro, frente a la casa de Enrique y Rosario, un coche blanco con un hombre en su interior parece indicar que la policía vigila discretamente para que no vuelva a ocurrir lo de hace tres días, cuando las paredes verdes de la vivienda amanecieron llenas de pintadas: “Asesinos”, “Cómplices”, “Chikilín, estás muerto”. A eso de las diez y media apareció Rosario por allí, acompañada de una pareja de la Guardia Civil vestida de paisano. Barrió un poco el exterior de la casa, pasó una manguera y le dio de comer a los perros. Eso fue todo. Su presencia hubiera pasado inadvertida si no fuera porque siempre hay una cámara de televisión en la puerta. Si no es un programa es otro, pero las mañanas de las teles siguen conectando cada poco con este lugar de Taragoña donde durmió el Chicle tras matar a Diana.

Pintadas en la casa del Chicle. (P. L.)
Pintadas en la casa del Chicle. (P. L.)

Aquí no hay mucho que hablar con los vecinos. Pese a que hace ya unos cuantos años que Enrique y Rosario viven en esta casa pegada a la carretera, poca o nula vida social hacían en la zona. “No se relacionan mucho con nadie”, relata una vecina que pasa por la acera que está justo enfrente de la vivienda. ¿Sorprendida por lo ocurrido? “Todo el mundo sabía que él era un caco, pero nadie pensaba que fuera capaz de llegar a esto”. El ambiente es parecido en el bar que hay un poco más abajo, en el que a esta hora de la mañana hay unos diez o quince clientes tomando el aperitivo. Bromean con lo que ven por la tele sobre el caso, en un ambiente que denota claramente que, si alguna vez Enrique y Rosario pisaron el bar, no dejaron muchos amigos.

No les apetece hablar con la prensa. Todo el mundo es muy educado con los periodistas, pero saben que, mientras anden por allí, Rianxo no recobrará la paz que alteró el Chicle cuando confesó lo que escondía en un almacén de muebles que antes había sido una fábrica de gaseosa. Ya lo expresó hace días la teniente de alcalde de Rianxo, Adelina Ces, cuando pidió a los informadores que abandonaran ya el pueblo, que le permitan recobrar la normalidad. Será una normalidad relativa, porque todo el mundo sabe que en este concreto lugar al norte de la ría de Arousa nada volverá a ser lo mismo nunca más.

 

F/el confidencial
 
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