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Alonso Guerrero, ex de Letizia, a LOC: “La Casa Real jamás me ha ofrecido dinero por mi silencio”

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Alonso Guerrero, ex de Letizia, a LOC: “La Casa Real jamás me ha ofrecido dinero por mi silencio”

El escritor explica en La Otra Crónica el motivo que le ha llevado a escribir ‘El amor de Penny Robinson’, la novela sobre su vida y la de la Reina

Alonso Guerrero, el ex marido de la Reina Letizia, publica un libro basado en su vida

Alonso Guerrero, el difícil papel del ex marido de Letizia

”Comencé a escribir El amor de Penny Robinson casi 10 años después de que la que había sido mi esposa se convirtiera en prometida del Príncipe de Asturias. La “Anunciación”, como la llamó alguno de mis amigos. Al cabo de ese tiempo, la prensa amarilla dejó de perseguirme, aunque no hubo posibilidad de que se olvidara de mí pues mantenía una línea inaprensible de torres de vigilancia, algo parecido al ojo de Mordor, sobre todos los que habíamos formado parte de su vida. Algunos intentamos pasar inadvertidos. ¿Es posible decir algo normal sobre un asunto como ese, en los términos que tales publicaciones exigían? Exigían, en efecto. La prensa rosa nunca quiere sacarte información, quiere arrancarte pedazos de carne. Lo digo en la novela. En una ocasión declaré que, antes que otros escribieran sobre mí, prefería hacerlo yo. El presente texto, y la novela que acabo de publicar, son pruebas de ello. Cuento los días y meses siguientes al hecho que a tanta gente interesó, en aquel noviembre de 2003. Lo único que puedo ofrecer es una tragicomedia. Para mí lo fue, y la clave consiste en que a cualquier hombre de este país podría haberle ocurrido lo mismo. Tuve la dudosa suerte de ser yo, y al menos aquello me proporcionó un argumento. Se ha dicho que la trama de El amor de Penny Robinson es una mezcla de ficción y realidad. Cierto: una mezcla de lo que ocurrió y de lo que podría haber ocurrido. Les aseguro que lo primero resulta más increíble que lo segundo.

Confío en que los que lean la novela encuentren una identidad. Toda persona que, de pronto, se convierte en un personaje siente cierta extrañeza, sobre todo si se trata de un personaje distinto del que esa persona hubiera querido encarnar. A partir de ahí, el problema no radica en tal diferencia, sino en la rapidez con que sobreviene todo. No se trata de algo azaroso, ni insospechado. Se trata de algo premeditado. Uno pasa a ser una víctima, porque le piden palabras que no son suyas, declaraciones que van a ser tergiversadas, iluminaciones oscuras y rasgos que no posee, sino que añade quien lo entrevista. Este país ha creado una figura -el famoso, llamémoslo así- que, de pronto, atrae la mirada de todo el mundo, sin la necesidad de que todo el mundo comprenda lo que mira.

La novela es una amalgama de acción y existencialismo. Creo que no hay otra forma de abordar un problema en el que uno tiene tantas implicaciones. Quizá Henry James hubiera fraguado algo distinto, yo he preferido simplemente exponerme, porque explicar, racionalizar un punto de partida tan radical, que comprende a la familia, a los amigos, a tanto cazador que quiere cobrar su pieza, son planteamientos demasiado contradictorios para quien siempre se ha considerado un narrador literario. De todo se puede hacer literatura, pero en este caso he intentado ocultar lo que no fuera anecdótico. La anécdota se convierte en determinante, en decisiva. Pasa en la vida de cualquiera, pero más aún en la del protagonista de mi novela -Alonso Guerrero-, un hombre al que arrebatan la capacidad de defenderse. O casi.

Tras la prensa vienen las redes sociales, los foros, esa multitud de solitarios que se niegan a hablar si se desprenden de su careta. Hemos llegado a un mundo de máscaras donde la verdad no es que sea imposible, es que ni siquiera es necesaria. Los foros montan un juicio paralelo del que la única forma de salir es no entrar, no participar en ellos. Los foros sólo requieren una premisa: no saber de qué se habla. Nunca he pertenecido a una red social. En ninguna se ha hablado de mí, sino de mi caso. El amor de Penny Robinson es la narración de ese caso hecha desde dentro y a la vista de todas sus hipérboles y contradicciones. Quiero aclarar algo que siempre se me atribuye: jamás la Casa Real me ha ofrecido dinero por guardar silencio. Si lo hubieran hecho, no habría aceptado, igual que no he aceptado otras muchas cosas. Mi silencio es una elección propia.

He utilizado anteriormente la palabra víctima. No lo soy en absoluto, pero no he podido evitar ser, al menos, un observador aventajado en relación a los acontecimientos que cuento en el libro. Repito que no posee un argumento que yo haya tenido que inventar. Sólo narro lo que viví y cómo lo viví. La ficción únicamente aporta consecuencias más o menos audaces a todo aquello. Es decir, la ficción es lo que puedo compartir con quienes me lean, porque la realidad es intransferible, incluso cuando se disfraza. Si no se entienden esas consecuencias, entonces me gustaría que quien lea el texto asuma lo que sienten las cincuenta personas vigiladas y perseguidas por el millar de revistas y televisiones que hay en este país. También lo digo en la novela.

Ha habido periodistas y tertulianos que me han defendido. Pocos, pero existen. Les agradezco, junto con su apoyo, su punto de vista, mucho más cercano a la comprensión de lo ocurrido. También aparecen en la novela. Considero al lector mucho más inteligente que yo. Sé que sabrá leer entre líneas. Los personajes son fácilmente identificables para quien esté un poco al tanto de los pequeños vodeviles que acontecen en los medios de comunicación, sobre todo en la televisión. Lo que muestro son los síntomas del caso de psiquiatría social que he vivido, en el cual los medios entretienen con lo más brutal de los personajes que aparecen en ellos. No sé por qué.

En la novela hay ficción, no mentiras. El lector se encontrará con lo que me ocurrió, ni más ni menos. He tenido que escribirla porque me ha empujado a ello la necesidad de sacar conclusiones y entenderlas. En lugar de volver al personaje en que quisieron convertirme, he preferido volverme yo mismo un personaje, se comprende que novelístico. Aparezco con mi propio nombre. Lo que experimentaron, por no decir sufrieron mi familia, mis amigos en aquellos noviembre, diciembre, enero, febrero de 2003 y 2004 fue tal como lo relato. Recuerdo que muchas de aquellas persecuciones se hicieron con francotiradores, sin sacar periodistas a la calle, sino mediante un asedio continuo desde las pantallas de televisión y las páginas de las revistas. Coincidieron con la promoción de un libro y la reedición de un relato. En las presentaciones de aquellas obras apenas pude aludir a lo que significaban, a lo que yo había puesto en ellas, por razones demasiado obvias. Son esas razones las que ahora sustentan El amor de Penny Robinson. Vivimos en un país en el que la soledad propia se medica con las vidas ajenas. Cotilleos y calmantes. Esa es nuestra receta. El fenómeno es vertical, se da de arriba abajo. Son los que nos dirigen los que recetan esos calmantes, o los comparten.

Para concluir, me gustaría que se entendiera que todo es una sátira. A veces, una sátira triste, una astracanada con la que sería necesario iniciar un debate, o una reflexión sobre el papel que desempeñan ciertos medios de difusión que sólo difunden una necesidad artificial e indiscriminada de explotar -igual que se explota una granja de pollos, exactamente igual- las partes de las vidas de los demás que les resultan útiles. Pasa en otros países, desde luego, pero no con la misma virulencia ni tanto descaro como en este. No pretendo, con la publicación de El amor de Penny Robinson, originar una toma de conciencia. Si lo hiciera estaría más cerca de la candidez que de la fantasía. No obstante, la noción de vida privada está pasando de moda. Las vidas privadas se consumen, ya no se respetan, y quienes las consumen son siempre los demás, no quienes las viven, sobre todo si caen bajo los fogonazos de las cámaras. El único ámbito en que aún se respetaba la privacidad -el de la literatura- está desapareciendo. Decía Quevedo que el suyo era un siglo en que se escribían epitafios tanto para los vivos como para los muertos. Echen, por favor, un vistazo a su alrededor”.

F/elmundo

 
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