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‘Quini’, el ‘paisano’ que se ganó a España

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‘Quini’, el ‘paisano’ que se ganó a España

Iba para soldador hasta que el fútbol se cruzó en su vida. Ganó dinero pero le estafaron y tras retirarse llegó a ser comercial. Deja cinco nietos

Enrique Castro Quini era un paisano, como en su tierra, Asturias, se conoce a alguien que es de fiar. Que él lo era lo sabían quienes le conocían de cerca y quienes sólo tenían referencias de oídas o a través de los medios de comunicación. Por ello, apenas unas horas después de que falleciera repentinamente de un infarto a los 68 años el pasado martes, mientras se dirigía a su casa de Gijón en coche, más de 12.000 personas se daban cita en el estadio de la ciudad, El Molinón, para despedirle. Quien más, quien menos, lloró en el campo o en casa. No sólo por la pérdida de una leyenda del fútbol, sino porque su figura había trascendido más allá del deporte.

Y eso que con el balón el Brujo había llegado alto. Cinco veces máximo goleador en Primera División, jugó en el Sporting, el Barcelona y la Selección. Y logró que jamás nadie tuviera una mala palabra hacia él.

Pero donde Quini era verdaderamente grande era de puertas adentro. La vida le puso contra las cuerdas en varias ocasiones y asombró a muchos por su forma de afrontar los golpes. Como cuando tras pasar 25 días secuestradohace 37 años por unos electricistas en paro, decidió no presentar denuncia contra ellos y rechazó pedir cualquier indemnización. Pocos saben que durante la celebración del juicio se encontró con las mujeres de sus captores y las invitó a desayunar. Según recordó en una entrevista: “Bastante tenían ellas que habían sido engañadas. Una incluso me reconoció que había ayudado a hacer el cajón de madera en el que me transportaron, pensando que iba a ser para una moto”. Les perdonó porque eran unos pobres hombres que pensaron en lograr dinero secuestrando al “tonto del pueblo”. Años después desveló que volvió a ver a uno de sus secuestradores. “Le saludé y le di la mano” e incluso le facilitó su número de teléfono, “por si lo necesitaba”. Y eso que aquel episodio marcó un antes y un después.

Pero quizá uno de los momentos más duros fue la muerte de su hermano Jesús, su “alma gemela”. Se ahogó en 1993 tras salvar la vida de un hombre y su hijo en una playa cántabra. De aquello dijo años después: “La vida es una lucha continua y no se puede bajar los brazos”.

En 2008 le esperaba una nueva batalla. El cáncer de garganta se cruzó en su vida dos veces. Luchando contra el primero, año y medio después, le detectaron otro. Cuando los médicos le advirtieron de que el tratamiento sería muy duro pero que confiaban en que él, que había sido deportista, aguantara, les dijo: “Si vosotros, que sois médicos, me dais una oportunidad, la tengo que aprovechar. Aguantaré”. Ni eso logró borrar su sonrisa. A la fuerza que tenía se unió la llegada de su primer nieto, Pablo, su otra gran pasión.

Problemas económicos

El mayor de sus cinco nietos también ha heredado la pasión por el fútbol. Con él y con su hija Lorena y su mujer, Mari Nieves, su novia de toda la vida,vivía en un piso de un barrio obrero de Gijón. Sin grandes lujos. Y es que, aunque es cierto que su época de jugador está lejos de las grandes cifras que se manejan hoy en día en el fútbol, el Brujo podría haber tenido más. Pero un mal negocio de ropa deportiva en el que ejerció de aval se llevó gran parte de lo que había atesorado en su época de goleador.

Abandonado el fútbol, no se le cayeron los anillos por trabajar de comercial.En la calle, puerta a puerta vendía para insertar publicidad en cerillas, calendarios o bolígrafos. Lo hizo hasta que su equipo del alma, el Sporting le llamó para que volviera como delegado del primer equipo.

En los últimos años ya sólo ejercía, como reconocen con cariño en el club, de embajador. Era el responsable de las relaciones institucionales. Acudía a todos los partidos. Algunos jugadores se quejaban de que cuando llegaban a los estadios, Quini les restaba protagonismo. Siempre había alguien esperándole para pedirle una foto o firmar una camiseta de cualquier color, porque como se pudo ver estos días, la rivalidad entre equipos, con él, quedaba a un lado.

En 2011 puso en marcha la Fundación Quini-Hermanos Castro de ayuda a los niños necesitados. En la web, él mismo escribió: “He recogido con la mayor humildad que he podido el cariño de la gente. Ahora deseo devolver todo”. No había asociación o acto solidario con el que no colaborara.

Se prestaba a hablar del cáncer si se lo pedían o visitar a enfermos en los hospitales. Fue premiado por su ayuda a los discapacitados y prestó su imagen para campañas como la fibrosis quística, el banco de alimentos o el lazo rosa contra el cáncer de mama. Apoyó a personas con parálisis cerebral y a Proyecto Hombre. Volvía a vestirse de corto si era por una buena causa.

Su lealtad al Sporting se la van a devolver dando su nombre al estadio, el último homenaje a un futbolista querido por todos.

Entre su equipo, su labor solidaria y sus partidas de mus después de comer con los vecinos del barrio pasaba su vida hasta que a este grande del fútbol, que iba para soldador, se le paró el corazón, dicen ahora quienes le querían, de grande que era.

 

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